Para la mayoría de las personas normales, el alcohol es sinónimo
de convivencia, de camaradería y de sueños dichosos y coloridos.
Tomar una copa los libera del fastidio y de la preocupación. Es la
intimidad gozosa con los amigos y la sensación de que la vida es
hermosa. Mas no fue así en los últimos días de nuestro exagerado
consumo. Los placeres de ayer se habían desvanecido. Ya no eran
más que recuerdos. Nunca jamás pudimos revivir los momentos de
intensa alegría del pasado. Nos dominaba un deseo compulsivo de
disfrutar la vida como antes y estábamos obsesionados por el
pensamiento de que, gracias a un renovado milagro, pudiésemos
retomar el control de nosotros mismos y cumplir ese deseo. Sin
embargo, cada nuevo intento desembocaba en un fracaso.
Mientras menos nos toleraban las personas, más nos retirábamos
de la sociedad; de la vida misma. A medida que nos sujetábamos aun
más a Su Majestad el alcohol, la bruma glacial de la soledad se abatía
sobre nosotros, ciudadanos temblorosos de su reino demente, más y
más espesa, más y más negra. Algunos de nosotros buscábamos los
lugares sórdidos, esperando encontrar en ellos compañías que
comprendieran, que aprobaran. Momentáneamente lo lográbamos,
y después la locura y el horrible despertar para enfrentar a los
espantosos cuatro caballeros del Apocalipsis: El Terror, el
Aturdimiento, la Frustración, la Desesperación. ¡Los infelices
bebedores que lean esta página lo comprenderán bastante bien!
En uno de sus pocos momentos de abstinencia, un gran bebedor
dirá: No me hace falta para nada el alcohol. Me siento mejor. Trabajo
mejor. La paso mejor." Como antiguos bebedores problema,
sonreímos al escuchar esta declaración. Sabemos que nuestro amigo
es como el niño que silba en la obscuridad para darse valor. Él se
engaña. Dentro de sí piensa que daría cualquier cosa por poderse
tomar media docena de cervezas con la certeza de salir indemne.
Todavía intenta el viejo juego, porque no está satisfecho con su
sobriedad. No puede imaginarse una vida sin alcohol. Llegará el día
en que no podrá imaginar la vida, sea con alcohol o sin él. Y ese día
conocerá entonces una soledad como muy pocas personas la han
conocido. Se encontrará al borde del precipicio. Deseará el fin.
Hemos relatado la forma en que fuimos salvados. Sin duda, usted
piensa: Sí. Sí quisiera. Pero, ¿deberé resignarme a llevar una vida
en la que siempre tendré el mismo aspecto estúpido, fastidioso y
triste que he reconocido en algunas personas virtuosas? Sé que debo
vivir sin alcohol, pero, ¿cómo hacerlo? ¿Tienen acaso algo
satisfactorio que ofrecerme a cambio?"
Sí, y algo mucho más que eso: se trata de formar parte de la
Agrupación de Alcohólicos Anónimos. Allí encontrará usted un
alivio a la tensión, al aburrimiento y a la inquietud. Su imaginación
será estimulada. La vida finalmente tendrá un significado para
usted. Están frente a usted los años más satisfactorios de su
existencia. Esto lo hemos encontrado en nuestra Agrupación y
esto lo encontrará usted también.
¿Cómo podrá ocurrir todo esto? ", se preguntará usted. ¿Dónde
encontraré a estas personas?"
Encontrará usted estos nuevos amigos en la ciudad en que vive.
Muy cerca de usted hay alcohólicos que están muriendo, sin auxilio,
como los náufragos de una nave que se está hundiendo. Si usted
habita en un lugar grande, ahí los encontrará por centenas. Ricos o
pobres, de clase social elevada o baja, ellos son los futuros miembros
de Alcohólicos Anónimos. Entre ellos, algunos se convertirán en
amigos para toda la vida. Se crearán entre ustedes lazos nuevos y
maravillosos, pues juntos escaparán del desastre y, hombro con
hombro, emprenderán el mismo viaje. Entonces comprenderá usted
qué cosa significa dar algo de usted para que otros puedan sobrevivir
y volver a descubrir la vida. Aprenderá el pleno significado de estas
palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo."
Puede parecer increíble que estos hombres puedan volver a ser
felices, respetables y útiles. ¿Cómo han podido salir de una miseria
tal, de tal deshonor y de una situación tan desesperada? No hay que
buscar muy lejos la respuesta a esta pregunta; debido a que tales
cosas han sucedido entre nosotros, pueden repetirse para usted. Si
las desea sobre cualquier otra cosa y está dispuesto a hacer uso de
nuestra experiencia, estamos seguros de que lo que le hemos dicho
ocurrirá. La era de los milagros aún está vigente. Nuestro mismo
restablecimiento lo prueba.
Esperamos que cuando este modesto libro sea lanzado sobre la
marea mundial del alcoholismo, los bebedores derrotados se asirán
de él para seguir sus sugerencias. Muchos, estamos seguros, se
pondrán de pie y empezarán a caminar. Ellos avisarán a otros
individuos enfermos, y grupos de Alcohólicos Anónimos surgirán
en toda ciudad y en todo pueblo, y serán un refugio para aquellos
que tienen que encontrar una salida.
En el capítulo Trabajando con otros", usted se dio una idea de
nuestro modo de acercarnos y ayudar a los demás a recuperar la
salud. Supongamos ahora que, gracias a usted, varias familias han
adoptado nuestro modo de vida. Usted querrá saber cómo proceder a
partir de ese momento. Quizá la mejor forma de darse una idea sobre
su futuro sea describirle cómo ha crecido nuestra Agrupación. He
aquí una breve reseña:
Hace casi cuatro años, en 1935, uno de los nuestros hizo un viaje
a una ciudad del oeste de los Estados Unidos. Desde el punto de
vista de negocios, este viaje terminó como un fracaso. Si hubiese
tenido éxito en su asunto, hubiera conseguido establecerse
financieramente, lo que en esa época era de una gran importancia
para él. Pero la empresa terminó en un problema judicial, totalmente
empantanada. Este asunto fue para él motivo de muchos rencores y
de muchas polémicas.
Profundamente desanimado, se encontraba él en una ciudad
extraña, desacreditado y casi sin dinero. Todavía físicamente débil y
sobrio desde hacía sólo unos cuantos meses, comprendió el peligro
de su situación. Sentía una urgente necesidad de hablar con alguien.
Pero..., ¿con quién?
La tarde era sombría; él recorría una y otra vez el hall del hotel,
preguntándose con qué dinero iba a pagar su cuenta. En un extremo
del hotel se encontraba, debajo de un vidrio, la lista de las iglesias
locales. Al otro extremo de la estancia, una puerta daba a un bar
totalmente atrayente. Pudo ver ahí a una multitud animada y gozosa.
Entre estas personas encontraría, sin duda, amigos y solaz. Pero, a
menos que bebiera, no tendría el valor para hacer amistad con alguien
y pasaría un solitario fin de semana.
Evidentemente, él no podía beber, pero, ¿por qué no sentarse
con buenas esperanzas a una mesa con una botella de refresco
enfrente? Después de todo, ¿no había ya renunciado al alcohol desde
hacía seis meses? Quizá podría aún permitirse... digamos tres copas.
¡Ni una más! El miedo se apoderó de él. Era como si jugara con
fuego. La vieja e insidiosa aberración de la primera copa se apoderó
de él otra vez. Se alejó temblando y se dirigió a la lista de iglesias al
fondo del hall. El sonido de la música y de voces alegres flotaba aún
en el aire y llegaba hasta él.
¿Pero, cómo olvidarse de su responsabilidad con su familia y
con los hombres que morirían porque no sabían cómo restablecerse,
ah sí, los otros alcohólicos? Debían existir muchos en esta ciudad.
Le iba a telefonear a un sacerdote. La razón regresó a él. Se lo
agradeció a Dios. Escogió una iglesia al azar en la lista, entró en una
caseta telefónica y levantó el auricular.
Su llamada al sacerdote lo condujo a casa de cierta persona,
residente en esa ciudad, que antes capaz y respetada estaba
ahora hundida casi en el fondo de la desesperación a causa del
alcoholismo. Su caso era el de costumbre: matrimonio amenazado,
esposa enferma, hijos desorientados, cuentas atrasadas y posición
social comprometida. Él tenía un deseo desesperado de dejar de
beber, pero no veía una salida, pues ya había tratado muchas
formas de escape. Dolorosamente consciente de ser de algún modo
anormal, no se daba plenamente cuenta de qué cosa significaba
ser un alcohólico.
Una vez que nuestro amigo le contó su experiencia, el hombre
admitió que aun cuando ponía toda su voluntad de que era capaz, no
podía cesar de beber durante mucho tiempo. Una experiencia
espiritual, lo admitía, era absolutamente necesaria, pero la carga le
parecía pesada si debía basarse en los principios sugeridos. Él dijo
vivir en la inquietud constante de que alguien pudiese descubrir su
alcoholismo. Y, obviamente, como todo alcohólico, estaba convencido
de que muy pocas personas conocían su estado. ¿Por qué, y ésta era
su objeción, debía perder los pacientes que le quedaban y causar aun
más sufrimientos a su familia, cometiendo la tontería de declarar su
condición enferma? Haría todo, menos eso.
Todavía con curiosidad, invitó a nuestro amigo a vivir en su casa.
Poco tiempo después, y justo cuando él pensaba estar adquiriendo
un cierto dominio sobre su alcoholismo, se puso una borrachera
magistral. Para él, ésta fue la crisis de todas las crisis. Comprendió
que debía afrontar honestamente sus problemas si quería que Dios le
diese el dominio sobre todos ellos, incluyendo el alcohol.
Una mañana agarró al toro por los cuernos y se preparó a decirle
a aquellas personas a las que más temía cuál había sido su problema.
Con sorpresa se encontró bien acogido y se dio cuenta de que muchos
ya sabían que él bebía. Saltó a su coche y fue a visitar a las personas
a las que había hecho daño. Temblaba mientras iba de un lado a otro,
porque aquello podía significar su ruina, especialmente si se trataba
de una persona de su profesión.
A medianoche regresó a casa exhausto pero muy feliz. Desde
entonces no ha bebido una sola copa. Como veremos más adelante,
él es desde entonces muy apreciado en su ciudad; los grandes daños
causados en treinta años de abuso del alcohol fueron reparados en
cuatro años.
Pero la vida no fue fácil para los dos amigos. Encontraron
numerosas dificultades. Juntos comprendieron que debían mantenerse
espiritualmente activos. Un día le llamaron por teléfono a la enfermera
en jefe del hospital local. Le explicaron que tenían necesidad de ayudar
a otros alcohólicos y le preguntaron que si ella tendría entre sus
enfermos a un alcohólico confirmado.
Sí", respondió ella. ¡Tenemos una maravilla! Acaba de golpear
a dos enfermeras. Pierde la cabeza totalmente cuando bebe. Pero es
una buena persona cuando está sobrio, aunque se ha recuperado aquí
ocho veces en los últimos seis meses. Creo que él fue en otros tiempos
muy conocido como abogado en esta ciudad, pero por el momento
está sólidamente inmovilizado."
Teníamos allí a un verdadero candidato pero aparentemente no
era demasiado prometedor. El uso de los principios espirituales en
casos como éste no estaba tan bien experimentado como ahora. Pero
uno de los dos amigos dijo: Alójelo en un cuarto privado.
Regresaremos."
Dos días después, un futuro miembro de Alcohólicos Anónimos
observaba con ojos vidriosos a los dos desconocidos que permanecían
a los lados de su cama. ¿Quiénes son ustedes y por qué este cuarto
privado? Hasta ahora siempre me habían tenido en una sala común."
Uno de los visitantes le respondió: Venimos a tratar su
alcoholismo."
La desesperación se leyó en letras grandes sobre el rostro del
hombre cuando replicó: Oh, pero si es inútil. No hay nada que se
pueda hacer conmigo. Soy un fracaso. Las últimas tres veces me
emborraché saliendo de aquí. Tengo miedo de franquear esa puerta.
No comprendo nada."
Durante una hora, los dos amigos le relataron sus experiencias
de alcohólicos. En todo momento, el enfermo repetía: Así me pasa
a mí. Así me pasa a mí. Así me pongo cuando bebo."
Él supo que sufría una especie de envenenamiento grave, que
esta afección deterioraba su organismo y le destruía la mente. Y se
habló largamente del estado de ánimo que precedía la primera copa.
Sí, sí, me ha pasado a mí," decía el hombre enfermo,
exactamente como a ustedes. Ustedes dos saben de qué hablan. Sólo
que yo no veo de qué pueda servir. Ustedes son hombres respetables.
Yo también fui así, pero ahora ya no soy nada. Luego de escucharlos
hablar, estoy más convencido que nunca de mi incapacidad para dejar
de beber." Los dos visitantes comenzaron a reír. El futuro miembro
de A A replicó: No veo que haya algo chistoso en esto."
Los dos amigos hablaron de su experiencia espiritual y le
explicaron qué cosa trataban de hacerle comprender.
Él los interrumpió diciendo: Yo era muy asiduo a la iglesia,
pero no funcionó. Recé tanto a Dios en esas horribles mañanas,
cuando me atormentaba el dolor de cabeza, juré y volví a jurar
que no volvería a tomar una sola gota más, pero a las nueve de la
mañana ya estaba ahogado nuevamente."
Al día siguiente encontramos a nuestro amigo más dispuesto a
escuchar. Él había reflexionado al respecto. Quizá tengan razón,"
dijo. Dios puede realizar cualquier milagro." Después agregó: La
certeza que tengo es que no hizo gran cosa por mí cuando trataba de
luchar yo solo contra esta juerga alcohólica."
Al tercer día, el abogado puso su vida al cuidado de su Creador y
se declaró completamente dispuesto a hacer cualquier cosa que fuera
necesaria. Su mujer vino a su encuentro sin casi atreverse a tener
esperanza, aunque encontró algo diferente en el marido. Él había
comenzado ya su experiencia espiritual.
Esa misma tarde se vistió y dejó el hospital; era un hombre libre.
Se involucró en una campaña electoral, hizo discursos, frecuentó
toda clase de lugares, quedándose a veces de pie toda la noche. Perdió
por un pequeño margen. Sin embargo, había encontrado a Dios y, al
descubrir a Dios, se había encontrado a sí mismo.
Esto ocurrió en junio de 1935. Desde entonces, él no ha vuelto a
beber una copa. También se ha convertido en un miembro útil y
respetable de su comunidad. Ha ayudado a otros hombres a
restablecerse y es un miembro influyente de la iglesia, de la cual se
había alejado por tanto tiempo.
Había entonces tres alcohólicos en esta ciudad que hoy
comprenden que deben ofrecer a otros lo que ellos descubrieron,
o si no perecen. Después de haber fracasado varias veces en su
búsqueda de otros candidatos, descubrieron a un cuarto. Este
último llegó por medio de un conocido que había escuchado la
buena nueva. Se trataba de un joven disoluto cuyos padres no
acertaban a entender si quería o no dejar de beber. Su rechazo de
todo lo que se relacionara con la iglesia trastornaba grandemente
a sus padres, los cuales eran profundamente religiosos. Este joven
hombre sufría horriblemente con sus borracheras, pero
aparentemente no se podía hacer nada por él. Estuvo de acuerdo
en internarse en el hospital, donde fue colocado en la misma
habitación que anteriormente había ocupado el abogado.
Recibió a tres visitantes. Poco después de su llegada, él les dijo:
La manera en que presentaron estos sucesos espirituales es sensata.
Estoy dispuesto a salir adelante con ustedes. Creo que, después de
todo, mis viejos tenían razón." Así fue como un nuevo miembro se
unió a la Agrupación.
Durante todo este tiempo, nuestro amigo del hall del hotel se
había quedado en aquella ciudad. Ahí permaneció tres meses. Después
regresó a su casa, dejando tras de sí a su primer conocido, al abogado
y al joven disoluto. Estos hombres habían encontrado un nuevo interés
en la vida. Aunque estaban conscientes de que tenían que ayudar a
otros alcohólicos si querían permanecer sobrios, esta motivación de
la abstinencia se colocó en segundo plano. Fue superada por la dicha
que experimentaban al consagrarse a otros. Compartieron su hogar,
sus magros recursos y fueron dichosos al consagrar su tiempo libre a
los miembros que sufrían. De noche como de día estaban dispuestos
a hacer hospitalizar a algún nuevo caso y, además, a visitarlo. El
número de miembros aumentó. Hubo algunos fracasos que los
confundieron pero, en estos casos, hicieron un esfuerzo por llevar a
la familia del alcohólico a un modo de vida espiritual, aliviando así
grandemente su angustia y sufrimiento.
Al cabo de un año seis meses, los tres pioneros habían logrado
reunir a siete nuevos miembros. Se frecuentaban mucho y raramente
pasaba una noche sin que hubiera, en casa de uno o del otro, una
pequeña reunión de hombres y mujeres dichosos de haber sido
liberados y constantemente en busca de dar a conocer su
descubrimiento a algún nuevo. Además de encontrarse así, sin
formalidad, tomaron la costumbre de reservar una noche de la semana
para dedicarla a una reunión dirigida a cualquiera que se interesara
en un modo de vida espiritual. El fin principal de estas calurosas
reuniones abiertas era darles a los recién llegados una ocasión y un
lugar para hablar sobre sus problemas.
Personas del exterior se interesaron en la causa del alcoholismo.
Un hombre y su mujer pusieron su enorme casa a disposición de este
heterogéneo grupo. Más tarde, esta pareja se entusiasmó tanto con
nuestra obra que nos consagró su casa para nuestro restablecimiento.
Numerosas fueron las mujeres desorientadas que vinieron a encontrar
la compañía de mujeres comprensivas y calurosas, informadas sobre
el problema, y para escuchar de boca de maridos salvados cómo
habían vivido la experiencia; ellas venían a buscar consejo sobre las
providencias que debían tomar para que su marido se hospitalizara y
para que en su próxima recaída recibiese información por parte de
otros alcohólicos ya restablecidos.
Muchos hombres, aún temblorosos por la experiencia de
recuperación en el hospital, han recobrado su libertad al franquear el
portón de esta casa. Más de un alcohólico, después de haber entrado,
sale con una solución a su problema, queda seducido por la alegría
que reinaba en el interior, por las personas que reían de sus propias
desgracias, pero que comprendían las de él. Impresionado por aquéllos
que le habían hecho visitas en el hospital, él candidato capitulaba
totalmente cuando, en una habitación del último piso de la casa,
escuchaba a un hombre cuya experiencia correspondía con la suya.
La expresión en los rostros de las mujeres, ese algo indefinible en
los ojos de los hombres, el ambiente estimulante y electrizante
del medio, todo concurría para convencerlo de que al final había
encontrado un refugio.
La manera tan práctica de abordar los problemas de alguien, la
ausencia de toda intolerancia y formalidad, la auténtica democracia,
la sorprendente comprensión con que estas personas daban testimonio
eran irresistibles. El alcohólico y su mujer salían de esta casa
embargados por el pensamiento de lo que ellos podrían hacer de ahí
en adelante para ayudar a un alcohólico de su medio y su familia.
Sabían que tenían una multitud de amigos; tenían la impresión de
que conocían a esos extraños desde siempre. Habían sido testigos de
milagros y era en ellos donde ahora el milagro se iba a operar. Tuvieron
una visión de la Gran Realidad, de su Creador, bueno y todopoderoso.
El día de hoy, esta casa apenas se da abasto para recibir a todos
los visitantes cada semana, regularmente entre sesenta y ochenta.
Los alcohólicos que son atraídos proceden de todos los lugares, tanto
cercanos como lejanos. De las ciudades circunvecinas, las familias
cubren una buena distancia para llegar ahí en coche. Una comunidad
localizada a treinta millas de ahí cuenta con quince miembros de
Alcohólicos Anónimos. Como se trata de una gran ciudad, creemos
que la Agrupación alguna día deberá tener ahí centenas de miembros.
Sin embargo, la vida de Alcohólicos Anónimos es más que asistir
a reuniones e ir al hospital. Cada día se trata de reparar antiguas
penas, de ayudar a componer diferencias familiares, de hacer que el
hijo pródigo sea comprendido por sus furiosos padres, de prestar
dinero y de ayudar a encontrar trabajo en caso de necesidad, eso
forma parte de nuestra vida cotidiana. Ninguno está tan desacreditado
o tan hundido como para negarle una calurosa recepción, siempre
que sea sincero. Las distinciones sociales, las pequeñas rivalidades y
los celos, todo eso nos hace reír mucho. Al principio náufragos de un
mismo barco, después rehabilitados y unificados bajo un mismo Dios
y deseosos de consagrar cuerpo y alma por el bien de otros, nuestros
miembros no encuentran mucho interés en las cosas que cuentan
tanto para otras personas. ¿Cómo podría ser de otro modo?
En condiciones que apenas difieren, el mismo escenario se
desarrolla en diferentes ciudades del este del país. En una de estas
ciudades se encuentra un hospital afamado por su tratamiento de
alcohólicos y drogadictos. Hace seis años, uno de nuestros miembros
ingresó al mismo. Varios de nosotros sentimos, por vez primera, la
presencia y la fuerza de Dios en el interior de los muros de este
establecimiento. Le debemos mucho al médico responsable de la
buena marcha de este hospital, pues, aunque nuestra presencia pudo
comprometer su situación, él nos dijo que creía en nuestro método.
Casi todos los días, este médico nos sugiere que nos acerquemos
a cualquiera de sus pacientes. Como él comprende lo que nosotros
hacemos, está en posición de seleccionar a los que estén dispuestos a
restablecerse sobre una base espiritual. Muchos de nosotros que
fuimos pacientes de este hospital, regresamos ahí para ofrecerles
ayuda. Además, en esta ciudad del este hay reuniones informales,
como las descritas anteriormente y donde usted podrá encontrar a
treinta o cuarenta de nosotros. Ahí se ven nacer las mismas amistades
espontáneas y se encuentra la misma disposición de ayuda entre
nosotros, tal como ocurre con nuestros amigos del oeste del país.
Nuestros miembros viajan mucho de un lado al otro del país para
aportar su ayuda, y nosotros prevemos un fuerte aumento de
membresía debido a estos intercambios.
Tenemos la esperanza de que un día todos los alcohólicos que
viajen encuentren grupos de Alcohólicos Anónimos a donde vayan.
Hasta cierto punto esto ya se está realizando, como lo pueden testificar
nuestros amigos dedicados a las ventas. Pequeños grupos de dos,
tres o cinco miembros han surgido en ciertas poblaciones, gracias a
las comunicaciones establecidas con nuestros dos centros más
grandes. Aquéllos de nosotros que viajan, se detienen en estas
poblaciones tan seguido como pueden hacerlo. Así es como podemos
dar una mano a estos grupos y, de la misma manera, escapar a las
tentaciones de las que todo viajero puede platicarle.
Es así como hemos crecido. Y usted también podrá crecer aunque
esté solo, con sólo el libro como equipaje. Creemos y tenemos la
esperanza de que el libro contenga todo lo que usted necesite para
que se sitúe sobre la vía de la recuperación.
Sabemos lo que piensa. Usted se dice: Estoy solo y tengo miedo.
Soy incapaz de hacerlo." Sin embargo, usted lo puede hacer. Se olvida
de que acaba de descubrir una fuente de fuerza muy superior a usted
mismo. Hacer todo lo que hemos logrado, con un apoyo tal, no es
más que una cuestión de buena voluntad, paciencia y trabajo.
Tomemos el caso de un miembro de A A que vivía en una gran
ciudad. Habitaba ahí desde hacía pocas semanas cuando descubrió
que el lugar contenía más alcohólicos por kilómetro cuadrado que
cualquier otra ciudad del país. Esto ocurrió sólo unos pocos días
antes que se escribieran estas líneas (1939). La situación causaba
mucha inquietud a las autoridades locales. Nuestro amigo entró en
contacto con un eminente psiquiatra que había tomado algunas
iniciativas para la salud mental de la ciudadanía. Este médico era
una persona muy capaz y estaba extraordinariamente ansioso por
adoptar cualquier método que pudiera mejorar la situación. Entonces
le preguntó a nuestro amigo acerca de lo que éste tenía que ofrecer.
Nuestro amigo le expuso nuestro método, con un éxito tal que el
médico aceptó hacer un ensayo con sus enfermos y con algunos otros
alcohólicos de la clínica donde él practicaba. Sucesivamente se
celebraron acuerdos con el psiquiatra en jefe de un gran hospital
público, a fin de seleccionar a otros enfermos entre la corriente de
miserables que circulaba por el establecimiento.
Así, nuestro compañero trabajador pronto tendrá amigos en
abundancia. Algunos de ellos quizá se hundan para nunca levantarse,
pero si nuestra experiencia puede servir de medida, más de la mitad
de los que reciban nuestro mensaje se convertirán en miembros de
Alcohólicos Anónimos. Cuando en esa ciudad pocos hombres se
hayan reencontrado a sí mismos y hayan descubierto la dicha de
ayudar a los demás a afrontar de nuevo la vida, el proceso continuará
hasta que cada enfermo haya tenido una oportunidad de restablecerse,
a condición de que sea capaz de hacerlo y lo desee.
Quizás usted todavía diga: Pero no tendré la oportunidad de
entrar en contacto con ustedes, los autores de este libro." No podemos
decirlo con certeza. Dios decidirá al respecto. Debe recordar que es
siempre en Él en quien usted verdaderamente debe confiar. Él le
mostrará cómo crear la confraternidad que usted tanto desea.
Nuestro libro no tiene más intención que presentarle sugerencias
a usted. Nos damos cuenta de que sabemos pocas cosas. Dios nos
revelará más tanto a usted como a nosotros. En su meditación matinal
pregúntele qué puede hacer usted cada día en favor del que aún sufre.
Las respuestas vendrán, si el orden reina dentro de usted. Porque,
evidentemente, usted no podrá transmitir algo que no tenga. Asegúrese
de que sus relaciones con Él sean buenas y grandes cosas se producirán
para usted y para un número incalculable de personas. Para nosotros,
ésta es la Gran Verdad.
Abandónese a Dios tal como usted Lo conciba. Reconozca sus
faltas ante Él y ante sus compañeros de viaje. Limpie los escombros
de su pasado. Done libremente aquello que se le ha donado y únase
a nosotros. Nosotros estaremos con usted en la Fraternidad del Espíritu
y sin duda que encontrará a algunos de nosotros mientras marcha
valerosamente sobre el camino del Feliz Destino.
¡Qué Dios lo cuide y lo bendiga!
updated: September 14, 1997
LA VIDA QUE LE ESPERA