Con pocas excepciones, nuestro libro hasta ahora se ha ocupado
de los hombres. Pero cuanto hemos dicho se aplica de la misma
manera a las mujeres. Nuestra actividad en beneficio de las mujeres
está aumentando. Hay abundancia de pruebas de que las mujeres
pueden recuperar su salud tan fácilmente como los hombres.
Pero por cada hombre que bebe, otras personas son arrastradas
la mujer que tiembla al pensar en la próxima embriaguez de su
esposo; la madre y el padre que ven a su propio hijo irse a la
ruina.
Entre nosotros hay esposas, familiares y amigos cuyo problema
ha sido resuelto, y también están aquéllos que aún no han encontrado
una solución feliz. Deseamos que las mujeres de los Alcohólicos
Anónimos se pongan en contacto con las esposas de aquéllos que
beben demasiado. Cuanto ellas digan se aplicará a casi todos los que
están ligados a un alcohólico por vínculos de sangre o afecto.
Como mujeres de los Alcohólicos Anónimos, quisiéramos
convencerlas de que podemos comprenderlas como quizás pocos
puedan hacerlo; queremos analizar los errores que cometimos. Y
quisiéramos comunicarles la convicción de que ninguna situación es
demasiado difícil y ninguna desventura es demasiado grande para
no poder superarlas.
Hemos recorrido un camino difícil, sin duda. Nos hemos
encontrado hace tiempo con nuestro orgullo herido, con la
frustración, con la autoconmiseración, con la incomprensión y el
temor. Compañeros nada agradables. Nos hemos sentido empujadas
por una autocompasión llorosa o por un amargo resentimiento.
Algunas de nosotras han ido de un extremo al otro, siempre esperando
que un día los seres que amamos volvieran a ser los mismos de antes.
Nuestra lealtad y el deseo de que nuestros maridos puedan andar
con la frente alta y ser como los otros hombres, nos han colocado en
toda clase de situaciones. Hemos sido altruistas, con un pleno espíritu
de sacrificio. Hemos dicho innumerables mentiras para proteger
nuestro orgullo y la reputación de nuestros maridos. Hemos rezado,
hemos suplicado, hemos sido pacientes. Hemos reaccionado mal.
Hemos huido. Hemos sido histéricas. Nos hemos dejado apoderar
por el terror. Hemos buscado compasión. Nos hemos vengado,
teniendo relaciones con otros hombres.
Parece que nuestras casas se han convertido en verdaderos campos
de batalla. En la mañana nos hemos besado y hemos hecho las paces.
Los amigos nos han aconsejado dejar a nuestros maridos, y lo hemos
hecho sólo para regresar poco después y esperar, siempre esperar.
Nuestros maridos han jurado solemnemente dejar para siempre
la bebida. Les creímos todo cuando nadie más hubiese podido o
querido hacerlo. Después, al paso de unos pocos días, semanas o
meses, una nueva recaída.
Raramente invitábamos amigos, pues no sabíamos cómo o cuándo
se iba a aparecer el jefe de la casa. Teníamos escasas relaciones
sociales. Terminamos por vivir casi solas. Cuando nuestros maridos
nos invitaban a salir, hacían tal consumo de alcohol que arruinaban
la velada. Si, por lo contrario, no bebían nada, la autocompasión los
convertía en unos aguafiestas.
Ya no teníamos seguridad financiera. Los puestos estaban siempre
en peligro o ya liquidados. Un carro blindado no hubiera sido
suficiente para que el sobre con el dinero del sueldo llegara a casa. El
efectivo en bancos se disolvía como la nieve en el mes de junio.
A veces había otras mujeres. ¡Qué decepcionante era este
descubrimiento; qué cruel era que nos dijeran que ellas entendían a
nuestros maridos como nosotras no lo hacíamos!
Los acreedores, los agentes judiciales, los enojados taxistas, los
policías, los vagabundos, los amigos y, asimismo, las señoras que a
veces acompañaban a casa a nuestros maridos, nos juzgaban
inhospitalarias. Aguafiestas, gruñona, fastidiosa", nos decían. Al
día siguiente, ellos volvían en sí y nosotras perdonábamos y
tratábamos de olvidar.
Tratamos de conservar en nuestros hijos el amor hacia su padre.
A los más pequeños les dijimos que su padre estaba enfermo, cosa
muy cercana a lo que en realidad pensábamos. Nuestros esposos
golpearon a los niños, patearon las puertas, hicieron pedazos la
cerámica de valor y le arrancaron las teclas al piano. En medio de
este pandemonio se precipitaban a la calle, amenazándonos con irse
a vivir para siempre con la otra mujer. En este estado de desesperación,
nos emborrachamos una embriaguez que pusiera fin a todas las
borracheras. El resultado inesperado era que nuestros maridos
parecían quedar complacidos.
Quizás en este punto llegamos al divorcio y llevamos a los niños
a casa de nuestra madre y de nuestro padre. Entonces, los padres de
nuestros maridos nos criticaron severamente por esta deserción. Pero
en general no nos fuimos. Nos quedamos, empujando hacia adelante.
Finalmente encontramos un empleo para hacer frente a nuestra
pobreza y la de nuestra familia.
Recurrimos al consejo del médico cuando las parrandas se
convirtieron más frecuentes. Los alarmantes síntomas físicos y
mentales, los profundos remordimientos, la depresión y el complejo
de inferioridad de nuestros amados, nos aterrorizaban y nos
perturbaban. Como animales en equilibrio sobre una pelota, subíamos
la cima paciente y fatigosamente, volviendo a caer exhaustas después
de cada esfuerzo por alcanzar un terreno sólido. La mayoría de
nosotras enfrentamos las fases finales en casas de salud, sanatorios,
hospitales y prisiones. A veces eran explosiones de delirio y de locura.
A menudo, la muerte estaba cerca.
Naturalmente, en estas condiciones cometimos errores. Algunos
de ellos provenían de nuestra ignorancia sobre el alcoholismo. A
veces intuíamos que teníamos que tratar con enfermos. Si hubiésemos
comprendido plenamente la naturaleza de la enfermedad del
alcoholismo, nos habríamos comportado de otra manera.
¿Cómo podían ser tan incomprensivos, tan insensibles, tan crueles
estos hombres que amaban a sus mujeres y a sus hijos? Pensábamos
que no podía haber amor en los corazones de estas personas. Y cuando
quedábamos convencidas de su falta de corazón, nos sorprendían
con renovadas promesas y con nuevas atenciones. Por algún tiempo
volvían a ser amables, sólo para hacer pedazos la nueva estructura de
afecto. Si les preguntábamos el motivo por el cual habían vuelto a
beber, replicaban con una estúpida excusa y no decían nada. Era así
de desconcertante y desolador. ¿Nos habíamos equivocado tanto con
los hombres con que nos habíamos casado? Cuando bebían eran unos
extraños. A veces eran tan inaccesibles que daba la impresión de que
un alto muro se había levantado alrededor de ellos.
Y aunque no amaban a sus familias, ¿cómo podían ser tan ciegos
en relación con ellos mismos? ¿Qué era de su juicio, de su sentido
común, de su voluntad? ¿Cómo no se daban cuenta de que beber era
para ellos la ruina? ¿Cómo podía suceder que ellos mismos
reconocieran el peligro, para después volver a beber inmediatamente?
Éstas son algunas de las preguntas que recorren la mente de toda
mujer que tenga un marido alcohólico. Nosotras esperamos que este
libro pueda responder cualquiera de ellas. Quizá su marido ha vivido
en ese extraño mundo del alcoholismo, donde todo es distorsionado
y exagerado. Usted se habrá dado cuenta de que la ama realmente
con lo mejor de él mismo. Desde luego que existe la incompatibilidad,
pero en casi todos los casos el alcohólico sólo parece ser no amoroso
y desconsiderado; generalmente esto es así porque está trastornado y
enfermo. Hoy la mayor parte de nuestros hombres son los mejores
maridos y padres, como nunca lo fueron anteriormente.
Procure no condenar a su marido alcohólico por cualquier cosa
que diga o haga. Él es sólo una persona muy enferma e irrazonable.
Trátelo, si puede, como si tuviese pulmonía. Cuando la haga enojar
y la angustie, recuerde que está muy enfermo.
Existe una importante excepción a lo que hemos dicho arriba.
Nos damos cuenta de que algunos hombres son realmente mal
intencionados y de que ninguna forma de paciencia traerá algún
cambio. Un alcohólico de este tipo puede servirse de este capítulo
como de un mazo para golpearla en la cabeza. No le permita que
siga adelante. Si está segura de que es uno de este tipo, sería mucho
mejor que lo dejara. ¿Es justo permitirle que arruine su vida y la de
sus hijos, sobre todo cuando tiene delante un camino para poner fin
a sus borracheras si realmente está dispuesto a pagar el precio?
El problema con el cual usted se debate habitualmente, se
encuentra en una de estas cuatro categorías :
Primera: Su marido es quizá solo un fuerte bebedor. Su hábito
de beber puede ser constante o puede intensificarse sólo en ciertas
ocasiones. Quizás gaste demasiado dinero en licor. Esto puede
cansarlo mentalmente y físicamente, pero él no se da cuenta. A veces
les ocasiona problemas a usted y a sus amigos. Él piensa que puede
beber su dosis de licor, que eso no le hará ningún daño y que
beber es necesario para sus negocios. Se irritaría probablemente
si alguien lo llamara alcohólico. Este mundo está lleno de personas
como él. Alguno se moderará o parará, otros no. De estos que
continúan, muchos se convertirán en verdaderos alcohólicos luego
de cierto tiempo.
Segunda: Su marido demuestra una falta de control, porque es
incapaz de permanecer sobrio, en sus cinco sentidos, aun cuando
quiera hacerlo. A menudo pierde el control de sí mismo cuando bebe.
Admite que sí es verdad, pero está seguro de que la próxima vez se
controlará. Ya ha comenzado a intentar, con o sin la cooperación de
usted, varios métodos para reducir su número de tragos o mantenerse
sin beber. Puede ser que comience a perder a sus amigos. Sus negocios
a veces sufren las consecuencias. A veces se preocupa y comienza a
darse cuenta de que no puede beber como los demás. A veces bebe
en la mañana y durante el día para calmar su nerviosismo. Está lleno
de remordimientos luego de una borrachera grave y le dice a usted
que quiere abandonar el alcohol. Pero tiempo después de una juerga,
empieza a creer de nuevo que podrá beber moderadamente la próxima
vez. Nosotros opinamos que esta persona está en peligro. Éstas son
las señas de un verdadero alcohólico. Quizás aún pueda ocuparse de
sus negocios bastante bien. Está bien lejos de haber mandado todo a
la ruina. Como decimos entre nosotras: Quiere tener ganas de parar."
Tercera: Este marido ha ido mucho más lejos que el caso número
dos. Similar en un tiempo, éste ha empeorado. Sus amigos se han
alejado, su casa está semiarruinada y no está en condiciones de tener
un empleo. Es probable que el médico haya sido llamado y que haya
comenzado la larga serie de visitas a casas de salud y hospitales. Él
mismo reconoce que no puede beber como las demás personas, pero
no sabe por qué. Se aferra a la idea de que encontrará la forma de
lograrlo. Puede haber llegado al punto de querer desesperadamente
parar de beber y no poder hacerlo. Usted puede tener bastantes
esperanzas en una situación como ésta.
Cuarta: Puede tener un marido que la desespere totalmente. Ha
estado internado en una institución tras otra. Es violento o aparece
completamente loco cuando bebe. A veces bebe durante el trayecto
del hospital a casa. Quizás ha tenido ya
delirium tremens. Los médicos, sacudiendo la cabeza, le han sugerido a usted internarlo.
Probablemente usted ya se vio en la necesidad de hacerlo. Este
cuadro puede ser menos oscuro de lo que aparece. Muchos de
nuestros maridos estaban en un estado así de avanzado. Y aun así
se recuperaron.
Regresemos ahora al caso número uno. Por extraño que parezca,
es un caso difícil de enfrentar. Le gusta beber. Eso estimula su
imaginación. Sus amigos le parecen más cercanos si comparten con
el un whisky. Quizás a usted misma le da placer beber con él cuando
no sobrepasa demasiado los límites. Han transcurrido noches
hermosas, platicando y bebiendo junto a la chimenea. Quizá les gusten
aquellas fiestas que serían monótonas sin licor. Nosotras mismas
disfrutamos tales noches y pasamos momentos placenteros. Todas
sabemos que los licores lubrican la vida social. Algunas de nosotras,
mas no todas, sostienen que ofrecen algunas ventajas si se usan de
manera razonable.
El primer principio del éxito es que usted nunca se enoje. Si su
marido se pone insoportable y usted debe dejarlo temporalmente,
actúe, si puede, sin rencor. La paciencia y el buen humor son
necesarios al máximo.
La siguiente sugerencia es que no le diga lo que debe hacer
respecto a beber. Si él se hace a la idea de que usted es una gruñona
o una aguafiestas, sus probabilidades de realizar alguna cosa positiva
se reducirán a cero. Esa idea le servirá a él como una excusa para
seguir bebiendo. Le dirá que es un incomprendido. Ello le podrá
traer noches solitarias a usted, porque buscará otra persona para
consolarse y no siempre será del sexo masculino.
No deje que el hábito de beber de su marido interfiera las
relaciones con sus hijos y sus amigos. Ellos necesitan su compañía y
su ayuda. Es posible tener una vida plena y útil, aunque su marido
siga bebiendo. Sabemos de mujeres valerosas y aun felices en estas
condiciones. No se meta en la cabeza la idea de querer reformar a su
marido. Podría no estar en condiciones de hacerlo, a pesar de todos
sus esfuerzos.
Sabemos bien que estas sugerencias son a veces difíciles de
seguir, pero le ahorrarán muchos sufrimientos si usted las toma
en cuenta. Su marido llegará a apreciar lo razonable de su posición
y su paciencia. Esto le preparará el terreno adecuado para un
discurso amistoso sobre su problema de alcoholismo. Trate de
que sea él mismo quien saque a la luz el problema. Trate de no
asumir una actitud crítica durante tal discusión. En vez de eso,
intente colocarse en su lugar. Demuéstrele querer ser de ayuda,
no criticarlo.
Si sobreviene una discusión, usted puede sugerirle que lea este
libro, o al menos el capítulo sobre alcoholismo. Dígale que ha estado
preocupada, aunque quizás sin una buena razón. Dígale que piensa
que debería conocer más a fondo el problema de los riesgos que
corre bebiendo tanto. Demuéstrele que tiene fe en su capacidad para
dejar de beber o moderarse. Dígale que no quiere ser una aguafiestas,
que solamente le preocupa su salud. Todo eso lo inducirá entonces a
interesarse en el alcoholismo.
Probablemente haya varios alcohólicos entre sus conocidos.
Podrá sugerirle que los dos se interesen en ellos. Los alcohólicos
aman ayudar a otros alcohólicos. Su marido quizás quiera platicar
con uno de ellos.
Si este tipo de acercamiento no suscita el interés de su marido,
será mejor que deje el asunto, pero después de una conversación
amigable no es improbable que él mismo quiera retomar el tema.
Esto requerirá una espera paciente, pero vale la pena. Mientras tanto
podría tratar de ayudar a la mujer de otro alcohólico en estado
avanzado. Si usted se atiene a estos principios, su marido quizá dejará
de beber o beberá menos.
Suponga, sin embargo, que su marido se ajusta a la descripción
del caso número dos. Se podrán aplicar los mismos principios que
para el caso número uno. Pero luego de la primera gran borrachera
pregúntele si verdaderamente desea dejar de beber para siempre. No
le pida que lo haga por usted o por alguien más. Sólo pregúntele si
desea hacerlo.
Con toda probabilidad lo desea. Muéstrele un ejemplar de este
libro y dígale lo que ha aprendido acerca del alcoholismo. Persuádalo
de que, como alcohólicos, los autores de este libro sí lo entienden.
Cuéntele alguna de las historias interesantes que ha leído. Si lo
encuentra poco inclinado hacia un remedio espiritual, pídale que al
menos lea el capítulo sobre el alcoholismo. Quizá se interese lo
suficiente para seguir.
Si se entusiasma, su cooperación adquirirá un enorme
significado. Si no muestra entusiasmo o sostiene que no es un
alcohólico, le sugerimos dejarlo en paz. Evite forzarlo a seguir
nuestro programa. La semilla ha sido sembrada en su mente. Él
sabe que miles de hombres como él se han restablecido. Pero no
se lo recuerde después que haya bebido, porque podría resentirse.
Antes o después probablemente descubrirá que ha vuelto a leer
este libro. Espere hasta que las repetidas recaídas lo convenzan
de que debe actuar, porque entre más lo apresure usted, más tardará
en lograr su restablecimiento.
Si su marido pertenece a la tercera categoría, probablemente usted
sea afortunada. Una vez con la certeza de que sí quiere dejar de beber,
podrá ir a su encuentro con este libro tan alegre como si hubiese
descubierto un pozo petrolero. Tal vez él no comparta su entusiasmo,
pero en la práctica de seguro leerá el libro y quizás adopte de inmediato
el programa. Si no lo hace, probablemente usted no tendrá que esperar
mucho. Pero, de nuevo, no lo presione. Déjelo que decida él mismo.
Alegremente véalo pasar por más parrandas. Háblele de su condición
o de este libro sólo cuando él mismo aborde tales temas. En algunos
casos será mejor que alguien ajeno a la familia sea el que le muestre
el libro. Podrán estimularlo para que actúe sin suscitar hostilidad. Si
su marido es un hombre normal en otros sentidos, sus posibilidades
de éxito en esta etapa son muchas.
Usted podría suponer que los hombres que pertenecen a la cuarta
categoría no tienen esperanzas. Pero no es así. Muchos de los
Alcohólicos Anónimos eran así. Todos los habían desahuciado. El
fracaso parecía cierto. A pesar de todo, estos hombres se han
recuperado de una manera espectacular y prodigiosa.
Hay excepciones. Algunos estaban tan dañados por el alcohol
que ya no pudieron detenerse. A veces el alcoholismo se complica
con otros desórdenes. Un buen doctor o un psiquiatra pueden decir si
estas complicaciones son graves. En cualquier caso, procure que su
marido lea este libro. Puede ocurrir que le interese. Si él ya está
recuperándose en una institución, pero usted y su médico están
convencidos de que desea salvarse, dénle la oportunidad de intentar
nuestro método, a menos que el médico piense que su condición
mental es demasiado anormal o peligrosa. Hacemos esta
recomendación con suficiente fe. Hace aproximadamente un año,
un hospital estatal dio de alta a cuatro alcohólicos crónicos. Se tenía
la plena seguridad de que todos ellos regresarían en unas pocas
semanas. Sólo uno de ellos regresó. Los demás no han tenido ninguna
recaída. ¡Profundo es el poder de Dios!
Usted puede encontrarse en una situación opuesta. Quizá tenga a
su marido en libertad, pero debería estar confinado. Algunos no
pueden o no quieren salir del alcoholismo. Cuando se vuelven
demasiado peligrosos, pensamos que lo mejor es encerrarlos. Por
supuesto que se tiene que consultar a un doctor. Las esposas y los
hijos de tales hombres sufren horriblemente, pero no más que
ellos mismos.
Algunas veces se debe empezar una nueva vida. Conocemos a
mujeres que lo han hecho. Si las mujeres que están en esta situación
adoptan un modo de vida espiritual, su camino será más fácil.
Si su marido es un bebedor, probablemente usted se preocupará
por aquello que los demás piensen y detestará encontrarse con sus
amigos. Se encerrará más en sí misma y supondrá que todos están
hablando de su situación. Evitará tocar el tema del alcoholismo incluso
con sus propios padres. No sabrá qué cosa decir a los niños. Cuando
su marido esté mal, usted se aislará temblando, con el único deseo de
que jamás se hubiese inventado el teléfono.
Encontramos que la mayor parte de estas inquietudes son
innecesarias. Así, no es necesario hablar largamente del caso de su
marido, puede dar a conocer con calma a sus amigos la naturaleza de
su enfermedad. Pero debe cuidar de no molestar o dañar a su marido.
Cuando les haya explicado cuidadosamente a estas personas que
su marido es una persona enferma, se habrá creado una nueva
atmósfera. Las barreras que se habían levantado entre usted y sus
amigos desaparecerán para dejar su lugar a una corriente de simpatía
y comprensión. Ya no se sentirá molesta ni será necesario que busque
excusas, como si su marido fuese de carácter débil. Él será todo lo
que se quiera menos débil. Su nuevo valor y su seguridad en usted
misma harán maravillas en el plano social.
El mismo principio es aplicable en las relaciones con sus hijos.
A menos que ellos necesiten realmente protección contra su padre,
es mejor no tomar parte en las discusiones que tengan con él cuando
bebe. Use sus energías para promover una mejor comprensión en
todas direcciones. La terrible tensión que aprisiona la casa de todo
alcohólico comenzará a atenuarse.
Frecuentemente usted se ha sentido obligada a hablar con el jefe
de su marido y con sus amigos para decirles que él estaba enfermo,
cuando en realidad estaba borracho. Evite responder a sus preguntas
tanto como sea posible. Deje que su marido las responda. Su deseo
de protegerlo no deberá empujarla a mentir, porque las personas tienen
derecho a saber lo que él está haciendo. Platique esto con él cuando
esté sobrio y de buen humor. Pregúntele qué debe hacer usted si él la
coloca en esa posición otra vez. Pero tenga cuidado de no guardar
resentimientos de la última vez que lo hizo.
Hay otra forma de miedo paralizante. Usted puede temer que su
marido pierda su empleo; usted piensa en la desgracia y en los tiempos
difíciles que van a pasar usted y los niños. Probablemente viva esta
experiencia o quizá ya la haya pasado varias veces. Si le vuelve a
ocurrir, mírela bajo una luz diferente. ¡Quizá resulte ser una bendición!
Probablemente convenza a su marido para que quiera dejar de beber.
¡Y ahora usted sabrá que, si quiere, él puede parar! A veces, esta
aparente calamidad ha sido para nosotros una bendición, porque ha
abierto un camino que lleva a descubrir a Dios.
Hemos delineado por todos lados cómo la vida adquiere una
mejor calidad cuando es vivida en un plano espiritual. Si Dios puede
resolver el problema del alcoholismo, que es tan viejo como el mundo,
podrá también resolver sus problemas. Nosotros, las mujeres de los
alcohólicos, descubrimos que, como todos los demás, estábamos
llenas de orgullo, de autocompasión, de vanidad y de todos los
sentimientos que alimentan el egocentrismo; y que no estábamos
ciertamente libres de egoísmo o deslealtad. Cuando nuestros esposos
empezaron a aplicar principios espirituales en sus vidas, empezamos
a ver que era bueno que nosotras también los aplicáramos.
Al principio, algunas de nosotras no creíamos que hubiese
necesidad de esta ayuda. Pensábamos, en forma general, que
éramos muy buenas mujeres, capaces de ser mejores si nuestros
maridos paraban de beber. Pero la idea de que éramos demasiado
buenas para necesitar a Dios era muy tonta. Hoy tratamos de poner
en práctica los principios espirituales en cada área de nuestras
vidas. Cuando lo hacemos, encontramos que también se
solucionan nuestros problemas: La consiguiente ausencia de
miedo, de preocupación y de dolor es una cosa estupenda. Las
animamos a probar nuestro programa, pues nada ayudará tanto a
su marido como la actitud radicalmente distinta de usted hacia él,
actitud que Dios le enseñará a adquirir. Camine al lado de su
marido, si puede.
Si usted y su esposo encuentran una solución para el apremiante
problema de la bebida, usted va a ser feliz, desde luego. Mas todos
los problemas no se resolverán de una sola vez. La semilla ha
empezado a germinar en un nuevo suelo, pero el crecimiento apenas
ha comenzado. A pesar de su recién encontrada felicidad, habrá
altibajos. Muchos de los viejos problemas permanecerán con usted.
Es así como debe ser.
La fe y la sinceridad tanto de usted como de su marido serán
puestas a prueba. Tales contrariedades deberán ser consideradas como
parte integrante de su educación; es a través de ellas que usted
aprenderá a vivir. Cometerá errores, pero si ha sido honesta consigo
misma, no se dejará abatir. A veces podrá utilizarlos válidamente.
Cuando los haya superado, habrá empezado un nuevo estilo de vida.
Alguno de los escollos que encontrará son la irritación, la
susceptibilidad herida y los resentimiento. Su marido será a veces
ilógico y usted querrá criticarlo. Un punto negro sobre el horizonte
doméstico podrá transformarse en una gran nube temporal. Estas
discordias familiares son muy peligrosas, especialmente para su
marido. A menudo, usted deberá asumir la responsabilidad de
evitarlas o de tenerlas bajo control. No olvide que el resentimiento
es un riesgo mortal para el alcohólico. Esto no significa que
debamos batirnos en retirada ante nuestro marido cada vez que
surja una honesta diferencia de opiniones. Sólo tenga cuidado de
no disentir con espíritu resentido o crítico.
Ambos acordarán que les será más fácil resolver los problemas
serios que aquellos insignificantes. La próxima vez que sostengan
una discusión acalorada, sin importar cuál sea el motivo, cualquiera
tendrá el privilegio de sonreír y decir: Esto se está poniendo serio.
Lamento haberme enojado. Platiquémoslo más tarde." Si su marido
está tratando de colocar su vida sobre una base espiritual, hará todo
lo que esté de su parte para evitar desacuerdos o contiendas.
Su marido sabe que le debe a usted algo más que la sobriedad. Y
quiere corresponderle; pero no espere demasiado de él. Su modo de
pensar y su modo de actuar son hábitos de muchos años. Paciencia,
tolerancia, comprensión y amor son las palabras esenciales. Muéstrele
estos sentimientos y él se los devolverá. La regla es vivir y dejar
vivir. Si ambos recurren a la buena voluntad y con ella ponen remedio
a sus defectos, no habrá necesidad de que se critiquen mutuamente.
Nosotras las mujeres tenemos una imagen del hombre ideal, del
tipo de hombre que quisiéramos ver encarnado en nuestro marido.
Es la cosa más natural del mundo creer que, una vez resuelto el
problema del alcoholismo, él estará a la altura de este ideal que
concebimos hace mucho. Es probable que no resulte así porque, como
usted, él está en el comienzo de su rehabilitación. Sea paciente.
Muy probablemente también experimentaremos resentimiento
por no haber podido curar a nuestros maridos con nuestro amor
leal. No nos gusta la idea de que el contenido de un libro, o la
obra de otro alcohólico, haya logrado en unas pocas semanas lo
que nosotras buscamos durante años. En tales momentos
olvidamos que el alcoholismo es una enfermedad sobre la cual
no pudimos tener ningún poder. Su marido será el primero en
decir que fue su devoción y cuidados lo que lo trajeron al punto
donde pudo tener una experiencia espiritual. Sin usted, hace mucho
tiempo que ya se hubiera hecho pedazos. Cuando se presenten
pensamientos de resentimiento, trate de calmarse y haga el
inventario de los beneficios recibidos. Después de todo, la familia
está reunida, el alcohol ya no es un problema y usted y su marido
están trabajando juntos para un futuro no esperado.
Otra dificultad consiste en los celos que podamos experimentar
por las atenciones que él dedica a otras personas, especialmente
alcohólicos. Hace mucho que usted deseaba su compañía y ahora
él pasa largas horas ayudando a otros hombres y a sus familias.
Usted piensa que él debería ser suyo ahora. El hecho es que él
debe trabajar con otras personas para conservar su sobriedad. A
veces se interesará tanto en esto que llegará a ser descuidado. Su
casa estará llena de extraños. Probablemente algunos no le agraden
a usted. Él se interesará en los problemas de ellos, pero no se
ocupará lo suficiente de los suyos. No logrará mucho si subraya
esto y pide más atención para usted. Vemos que es un grave error
sofocar su entusiasmo por el trabajo relacionado con el
alcoholismo. Usted debe unirse a él en sus esfuerzos, tanto como
sea posible. Le sugerimos dirigir algunas de sus ideas a las esposas
de sus nuevos amigos alcohólicos. Ellas necesitan el consejo y el
amor de una mujer que ha vivido lo que usted.
Probablemente usted y su esposo han estado viviendo muy
solos, pues la bebida muchas veces aísla a la mujer de un
alcohólico. Por lo tanto, usted necesitará nuevos intereses y nuevas
motivaciones en su vida. Si en vez de lamentarse, usted colabora
con él, descubrirá que su exceso de entusiasmo disminuirá. Ambos
despertarán a un nuevo sentido de responsabilidad para con otros.
Usted y su esposo deben pensar en lo que le pueden dar a la vida,
en vez de pensar en lo que van a sacar de ella. Inevitablemente
sus vidas serán más plenas al hacerlo. Perderán su antigua vida
para encontrar una mucho mejor.
Quizá su marido haga un buen comienzo sobre esta nueva base.
Pero precisamente cuando las cosas van maravillosamente, a lo mejor
la consterna regresando a casa ebrio. Si usted está convencida de que
él realmente quiere superar la bebida, no tiene por qué alarmarse.
Aunque es infinitamente mejor que no recaiga en absoluto, como ha
sucedido con muchos de nuestros compañeros, no es algo malo en
algunos casos. Su marido verá enseguida que debe redoblar sus
actividades espirituales, si quiere sobrevivir. No necesita recordarle
su deficiencia espiritual; él ya la sabe. Anímelo y pregúntele cómo
puede serle más útil.
El más pequeño signo de miedo o intolerancia pueden reducir
las probabilidades de recuperación de su marido. En un momento de
debilidad, él puede tomar el hecho de que usted desapruebe a sus
amigos como una de aquellas excusas banales e irracionales para
volver a beber.
Nunca tratamos de regular la vida de un hombre para preservarlo
de la tentación. La mínima tentativa, de parte suya, de dirigir sus
empeños o sus actos para que no tenga tentaciones, será inútil. Que
se sienta absolutamente libre de conducirse como él quiera. Esto es
importante. Si se emborracha, usted no se culpe. O Dios ha quitado
de su marido el problema del alcohol... o no. En tal caso, es mejor
descubrirlo de inmediato. Ahora, usted y su marido pueden ir
directamente a lo fundamental. Si se trata de evitar una recaída,
coloque el problema, con todo lo demás, en manos de Dios.
Nos damos cuenta de que le hemos dado mucha dirección y
muchos consejos. Puede parecer que hemos querido amonestarla. Si
es así, lo lamentamos, pues nosotras no nos preocupamos mucho
por la gente que nos amonesta. Lo que le hemos relatado está basado
en nuestra experiencia, algunas veces dolorosa. Teníamos que
aprender con dolor estas cosas. Es por esto que deseamos
ardientemente que usted comprenda y evite las dificultades
innecesarias.
Así que a ustedes, que están ahí afuera", les decimos: Buena
suerte y que Dios las bendiga."
updated: September 14, 1997
A LAS ESPOSAS