En los capítulos precedentes le hemos expuesto a usted los hechos
que, así lo esperamos, le permitirán establecer claramente la distinción
entre quien es alcohólico y quien no lo es. Si no puede renunciar al
alcohol aunque lo desee sinceramente, o si es incapaz de detenerse
cuando bebe, entonces es probable que usted sea alcohólico. Si este
es el caso, su mal podría ser de aquéllos que sólo pueden ser vencidos
por una experiencia espiritual.
Una experiencia de este género le puede parecer imposible a un
ateo o a un agnóstico. Sin embargo, no hacer nada significa correr a
la catástrofe, sobre todo si se es un alcohólico cuyo caso no presenta
esperanza. Hacer frente a la disyuntiva entre morir de alcoholismo o
vivir sobre una base espiritual no siempre es fácil.
Pero esto no es tan difícil. Alrededor de la mitad de nuestros
primeros miembros se encontraban en este caso. Al principio, algunos
trataban de evadir el tema esperando, contra toda evidencia, que no
fuesen verdaderos alcohólicos. Entonces, después de cierto tiempo
tuvieron que aceptar el hecho de que debían de dar a su vida un
fundamento espiritual, o si no... Quizás sea el caso de usted. Pero,
anímese, ya que algo así como cincuenta de nosotros nos creíamos
ateos o agnósticos. Nuestra experiencia comprueba que usted no debe
desconcertarse.
Si un sencillo código moral o una mejor filosofía fuesen
suficientes para vencer el alcoholismo, muchísimos de nosotros ya
nos hubiéramos aliviado desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la
ética y las filosofías no nos salvaron a pesar de todos los intentos que
hicimos. De hecho, quisimos ser de una moralidad perfecta; quisimos
con todo el corazón aferrarnos a una cierta filosofía; mas no tuvimos
la fuerza necesaria. Nuestras posibilidades humanas, guiadas por
nuestra voluntad, no eran suficientes; fracasamos lamentablemente.
Nuestra impotencia nos planteaba un verdadero dilema: teníamos
que encontrar una fuerza gracias a la cual pudiésemos vivir, y ésta
debía ser un Poder Superior a nosotros
mismos, evidentemente. ¿Pero dónde y cómo encontrar este Poder?
La búsqueda de tal fuerza es justamente el tema de este libro. Su
fin principal es conducirlo a descubrir un Poder Superior a usted
mismo que le ayude a resolver su problema. Hemos escrito un libro
que según lo creemos es tanto espiritual como moral. Eso
quiere decir, de seguro, que vamos a hablar de Dios. Y ¡qué dificultad
para los agnósticos! En cuanto nos ponemos a hablar con un recién
llegado, vemos enseguida la esperanza dibujarse en su rostro cuando
platicamos sobre su alcoholismo y cuando le explicamos cómo
funciona nuestra agrupación. Pero vemos que su semblante se
ensombrece cuando se toca la espiritualidad y, sobre todo, cuando
mencionamos el nombre de Dios, pues acabamos de recordarle un
tema que creía haber evadido totalmente, y que no tenía que tomar
en cuenta por el resto de sus días.
Sabemos lo que siente. Como él, tuvimos prejuicios y dudamos
sinceramente. Algunos de nosotros se han mostrado violentamente
antirreligiosos. Para otros, la palabra Dios" evocaba una idea peculiar
de Aquél que se les había tratado de imponer durante su infancia.
Quizás nosotros rechazamos esta concepción particular porque nos
parecía vacía. Creímos así haber abandonado por completo la idea
de Dios. Creer en una fuerza exterior y depender de ella nos parecía
una prueba de debilidad y hasta de falta de coraje. Esta idea nos
disgustaba. Mirábamos con profundo escepticismo este mundo de
individuos en guerra, de religiones enemigas, de calamidades
inexplicables. Mirábamos con desprecio a las personas que se decían
piadosas. ¿Cómo podría un Ser Supremo estar mezclado con todo
eso? Y de todas maneras ¿quién podría entender a una entidad
semejante? Sin embargo, bajo el encanto de un cielo estrellado, por
ejemplo, llegaba a nuestra mente la necesidad de preguntarnos: Pero,
¿quién creó todo esto?" Estábamos por un momento llenos de
admiración y maravillados, pero no era más que una impresión
pasajera que se esfumaba.
Sí, nosotros los agnósticos así lo pensamos y lo vivimos. Sin
embargo, vamos a tranquilizarlo enseguida. Tan pronto como pudimos
hacer a un lado nuestros prejuicios y demostramos el más pequeño
deseo de creer en un Poder Superior, en ese momento los resultados
empezaron a sentirse, aun cuando fuese imposible para cualquiera
de nosotros definir y comprender ese Poder que es Dios.
Para nuestro gran alivio, descubrimos que no era necesario
apegarnos a la concepción de Dios que tuviese alguna otra persona.
Nuestra concepción personal, con todo lo inexacta que fuese, nos
permitía acercarnos a Él y establecer un contacto. Tan pronto como
admitimos la posible existencia de una Inteligencia Creadora, de un
Espíritu del Universo sosteniendo la totalidad de las cosas, sentimos
que nos invadía una fuerza y una dirección. Sin embargo, debíamos
dar otros pasos simples. Nos dimos cuenta de que Dios no se muestra
tan exigente ante aquéllos que Lo buscan. Para nosotros, el Reino
del Espíritu es largo y vasto; lo engloba todo; jamás excluye; jamás
se cierra a aquéllos que lo buscan con devoción. Está abierto, así lo
creemos, a todos los hombres.
Por consecuencia, cuando se trata de Dios, nosotros hablamos
de nuestra propia concepción de Dios. Eso se aplica también a todas
las otras formas de expresión espiritual que usted encontrará en este
libro. No permita que alguno de sus prejuicios contra los términos de
la espiritualidad le impida preguntar honestamente lo que en el fondo
puedan significar para usted. Al principio, esta actitud nos bastó para
comenzar a crecer espiritualmente y establecer nuestras primeras
relaciones conscientes con Dios, tal como nosotros Lo concebíamos.
Enseguida llegamos a aceptar muchas cosas que nos habían parecido
completamente impensables. Eso es evolucionar, pero para
evolucionar debíamos comenzar en alguna parte. Cada uno de
nosotros tomaba su propia concepción de Dios, con lo imperfecta
que dicha concepción hubiese sido.
No teníamos más que una pequeña pregunta que hacernos:
¿Creo, o estoy dispuesto a creer, en la existencia de un Poder
Superior a mí mismo? Nuestra opinión es que tan pronto como
un hombre pueda afirmar que cree, o que quiere tratar de creer,
incuestionablemente estará en la ruta correcta. Muchas veces se
probó, entre nosotros, que sobre esta piedra angular podía ser
construido un edificio espiritual estupendamente eficaz.
Para nosotros se trató de un gran descubrimiento, porque
pensábamos que no podíamos servirnos de los principios espirituales
sin aceptar ciegamente muchas cosas que encontrábamos difíciles
de creer. Cuando alguien quería platicarnos sobre principios
espirituales, cuántas veces dijimos: Quisiera con todo mi corazón
poseer lo que este hombre posee. Estoy seguro de que triunfaría si
sólo fuera capaz de creer como él. Pero no puedo aceptar como
verdaderas las numerosas afirmaciones de fe que, para él, son tan
claras." Fue entonces un gran consuelo para nosotros saber que
podíamos comenzar en un grado inferior de la pequeña escala que se
nos presentaba.
Además de nuestra aparente incapacidad para aceptar
cualquier cosa solamente sobre la base de la fe, a menudo nos
paralizaban la obstinación, la susceptibilidad y los prejuicios
irracionales que teníamos. Algunos de nosotros éramos al principio
así de recelosos y nos enfurecíamos ante cualquier alusión a la
espiritualidad. Era necesario abandonar este modo de pensar.
Expuestos como estábamos a la destrucción alcohólica, en poco
tiempo abrimos nuestra mente a las cosas espirituales, tal como
lo habíamos intentado hacer con otras cosas. En este sentido, el
alcohol tuvo sobre nosotros un efecto de persuasión: nos obligó
finalmente a entrar en razón. El proceso a menudo fue tardado;
hoy tenemos la esperanza de que nadie oculte sus prejuicios tanto
tiempo como algunos de nosotros lo hicimos.
El lector probablemente se preguntará por qué debe creer en
un Poder Superior a él mismo. Creemos tener buenas razones.
Examinemos algunas.
El hombre práctico de hoy exige hechos y resultados. El siglo
XX está abierto a toda clase de teorías, pero éstas deben estar
fundamentadas sobre hechos concretos. Por ejemplo, numerosas son
las teorías sobre la electricidad. Todo el mundo las acepta sin la menor
duda, sin discutir. ¿Por qué? Simplemente porque es imposible
explicar lo que se ve, lo que se siente, lo que se dirige o lo que se
utiliza, sin una hipótesis válida como punto de partida.
En nuestros días, todo el mundo cree en una multitud de cosas
consideradas como evidentes, pero de las cuales no existe ninguna
prueba tangible irrevocable. Y ¿la ciencia no nos enseña acaso
que no hay una prueba menos sólida que lo que llamamos
justamente una prueba tangible? En el estudio que el hombre hace
del mundo material, está invariablemente demostrado que las
apariencias no corresponden del todo a la realidad intrínseca. Aquí
tenemos un ejemplo:
Toda viga de acero consiste en una masa de electrones que
gravitan alrededor de un núcleo a una velocidad inimaginable. Esos
corpúsculos se rigen por leyes precisas, que son las mismas para
todo el universo de la materia. Eso es lo que la ciencia nos enseña, y
no tenemos ninguna razón para dudar. Por otro lado, en cuanto se
nos pide considerar que el origen de este mundo material y de esta
vida, tales como los vemos, es obra de una inteligencia creadora,
directora y todopoderosa, de inmediato nuestros perversos instintos
salen a la superficie y nos las ingeniamos para persuadirnos de lo
inverosímil de esta hipótesis. Leemos enormes volúmenes y nos
enfrascamos en discusiones sin sentido, opinando que creemos que
no hay necesidad de Dios para dar una explicación del universo. Si
nuestras suposiciones estuvieran fundadas, la vida no tendría un
origen, no significaría nada y no llevaría a ninguna parte.
En lugar de reconocer que somos sólo los agentes inteligentes y
las puntas de lanza de un universo siempre en evolución y creado por
Dios, nosotros agnósticos y ateos habíamos escogido creer
que la inteligencia humana era la primera y la última palabra; el alfa
y el omega del universo. Un poco pretencioso. ¿No lo cree usted?
Nosotros, que recorrimos ese camino tortuoso, le suplicamos
hacer a un lado todos sus prejuicios, aun aquéllos contra las
organizaciones religiosas. Aunque algunas no lo suficientemente
humanas, descubrimos que las religiones han ofrecido a millones de
personas un fin y una dirección a seguir. Los fieles de estas religiones
llevan una vida razonable. Nosotros, ninguna. Nos divertíamos al
escandalizarnos con cinismo de las diversas creencias religiosas,
cuando a veces pudimos haber observado que en los creyentes de
cualquier raza, color o fe religiosa había una estabilidad y una felicidad
por sentirse útiles. A estos valores nos debimos haber acercado
nosotros mismos.
Preferíamos interesarnos en las debilidades humanas de esas
personas y, a veces, nos apoyábamos sobre sus deficiencias para
condenarlos en masa. Hablábamos de intolerancia, cuando nosotros
mismos éramos intolerantes. Nos privábamos de la realidad y de la
belleza del bosque, al dejarnos distraer por la fealdad de algún árbol
decrépito. No habíamos mirado el aspecto espiritual de la vida con la
debida honestidad.
En nuestros testimonios individuales encontrará muchas formas
de abordar y concebir un Poder Superior a usted mismo. Poco importa
la forma de acercarse a la idea particular de Dios a la cual adherirse;
la experiencia nos ha enseñado que, para nuestros fines, no debemos
preocuparnos por esto. Cada individuo debe solucionar por sí mismo
este problema.
Sin embargo, en un punto los hombres y las mujeres están de
acuerdo en forma notable: todos ellos han encontrado un Poder
Superior y todos ellos creen. Y este Poder Superior, en todo caso, ha
operado el milagro, lo humanamente imposible. Como lo dijo un
famoso estadista americano: «Veamos la historia».
Un ciento de hombres y mujeres, de carne y hueso, afirman
categóricamente que después de haber llegado a creer en un Poder
Superior a ellos mismos, de haber adoptado una cierta actitud hacia
este Poder y de haber aceptado hacer unas cosas simplísimas, una
transformación se operó en su forma de vivir y de pensar. Al borde
de la desesperación, del colapso y del fracaso total de sus recursos
humanos, se sintieron invadidos por un sentimiento de fuerza, de
paz, de dicha y de certeza. Este cambio se produjo poco tiempo
después que aceptaron, de buen grado, llenar ciertas exigencias.
Confusos y desconcertados como estaban ante la futilidad aparente
de la existencia, vieron las razones profundas de su dificultad de
vivir. Haciendo a un lado la cuestión del alcohol, ellos explican por
qué su vida era tan insatisfactoria. Nos muestran cómo se produjo en
ellos el cambio. Una vez que cientos de personas pueden afirmar que
la conciencia de la Presencia de Dios es ahora lo más importante de
su vida, tenemos una fuerte motivación para creer.
El mundo que nos rodea hizo más progresos sobre el plano
material en el curso del último siglo que durante todos los milenios
precedentes. Casi todos conocen la razón. Aquéllos interesados en la
historia nos dicen que, intelectualmente, los hombres de la antigüedad
eran iguales a las más grandes mentes de nuestro tiempo. Sin embargo,
en la antigüedad el progreso material era de una lentitud penosa. Los
métodos de investigación y el espíritu de invención de la ciencia
eran casi desconocidos. En lo que se refiere a lo material, el espíritu
del hombre estaba aprisionado por las supersticiones, las tradiciones
y toda clase de ideas establecidas. En tiempos de Cristóbal Colón,
muchos consideraron una locura creer que la Tierra fuese redonda.
Otros llegaron hasta el punto de condenar a muerte al sabio Galileo
por las herejías que propagaba en materia de astronomía.
Nosotros nos hemos preguntado si algunos de nosotros no éramos
tan prejuiciosos e irracionales en relación con el aspecto espiritual,
como las personas de la antigüedad en relación con lo material.
Asimismo, en el curso del siglo que vivimos, los diarios americanos
han titubeado en publicar la crónica del primer vuelo aéreo realizado
con éxito por los hermanos Wright en Kittyhawk. ¿No habían
fracasado todos los vuelos anteriores? ¿No se había caído la máquina
voladora del profesor Langley al fondo del Potomac? ¿Acaso los
mejores matemáticos no habían demostrado que el hombre jamás
podría volar? ¿No se había comprendido ya que Dios había reservado
ese privilegio a los pájaros? Apenas treinta años más tarde, la conquista
del cielo casi se había convertido en historia antigua y la aviación
estaba en su pleno apogeo.
Nuestra generación ha sido testigo de una liberación total del
pensamiento. Si le enseñamos a un estibador de puerto un periódico
dominical en donde se hable de un viaje a la luna en un cohete, él nos
dirá: Apuesto que lo harán y en poco tiempo." Nuestra época se
caracteriza por la facilidad con que abandonamos viejas ideas
por nuevas. Sin muchos problemas nos desembarazamos de una
teoría o de una cosa que no funciona, en provecho de una cosa
nueva que sí funcione.
Nos hemos preguntado si no podríamos tomar la misma actitud
frente a nuestros problemas humanos y aceptar cambiar también
nuestros puntos de vista. Teníamos dificultades en nuestras relaciones
personales; no podíamos controlar nuestra naturaleza emocional;
éramos presas de la tristeza y la depresión; éramos incapaces de
ganarnos la vida, no le encontrábamos ningún objetivo a nuestra
existencia; éramos presas del miedo; éramos desdichados; no
creíamos poder hacer nada por los demás. Entonces, ¿no era más
importante encontrar un remedio de largo plazo a nuestras
frustraciones que estar viendo en los diarios las columnas sobre los
vuelos a la luna? Claro que sí.
Una vez que vimos a otros resolver sus problemas simplemente
mediante su confianza en el Espíritu del Universo, no pudimos hacer
otra cosa que ya no dudar en el poder de Dios. Nuestras ideas nos
llevaban a la nada. La idea de Dios funcionaba.
Fue su fe ingenua lo que llevó a los hermanos Wright a creer que
podrían construir una máquina voladora. Y triunfaron. Sin esta
confianza, no habrían hecho nada. Nosotros, agnósticos y ateos,
vivíamos convencidos de que podríamos resolver nuestros problemas
con sólo nuestro poder. Cuando otros nos enseñaron que habían
podido salir adelante gracias al Poder de Dios, empezamos a sentirnos
un poco como aquéllos que habían pensado a principios de siglo que
los hermanos Wright jamás podrían volar.
La lógica es una gran cosa. Nos gustaba y nos sigue gustando.
No es por casualidad que se nos haya favorecido con la facultad de
razonar, de examinar los mensajes de nuestros sentidos y de sacar
conclusiones. Ése es uno de los maravillosos atributos del hombre.
A causa de nuestro agnosticismo, no nos satisfacían las proposiciones
que no se prestasen a un estudio y una interpretación racionales. Por
eso es que estamos haciendo todo lo posible para explicar por qué
nuestra fe es racional, por qué nosotros encontramos más sano y más
lógico creer que no creer, por qué nuestra antigua forma de pensar
era descuidada, indolente, y encogíamos los hombros con aire de
incredulidad y decíamos : ¡No sé!"
Para nosotros los alcohólicos, atormentados por una crisis
profunda de la cual éramos los primeros responsables y de la cual no
podíamos escapar, fue necesario examinar sin temor la afirmación
de que Dios es todo o Él es nada, de que Dios es o Él no es. ¿Cuál iba
a ser nuestra selección?
Reunidos en este punto, nos encontrábamos frente al problema
de la fe. Imposible evitarlo. Algunos ya habían saltado sobre el Puente
de la Razón, hacia la playa deseada de la Fe. La Tierra Prometida
había hecho brillar los ojos cansados de quien se consumía en su
espíritu, proporcionándole un nuevo ánimo. Manos amigas se
extendían hacia nosotros, dándonos la bienvenida. Le agradecíamos
a la Razón el habernos guiado tan bien. Mas no podíamos arribar a
esa ribera. Tal vez nos aferrábamos demasiado a la razón; en esta
última etapa de nuestro viaje no queríamos perder nuestro sostén.
Era natural, pero razonemos un poco al respecto. ¿No habíamos
sido llevados, sin saberlo, al punto en que nos encontrábamos, a causa
de una cierta fe? ¿No era la seguridad de nuestro razonamiento la
que nos impulsaba a creer? ¿No era la nuestra una especie de fe?
Sí, nosotros habíamos creído, y creído de una manera servil, en
el Dios de la Razón. ¡Así habíamos descubierto que, de un modo u
otro, se trataba de fe!
Habíamos descubierto de manera simultánea que éramos
adoradores. ¡Cuántas veces el solo hecho de pronunciar esta palabra
hacía que a nosotros los intelectuales se nos pusiese la piel de gallina!
¿No habíamos adorado, de diversos modos, a las personas, los
sentimientos, las cosas, el dinero y a nosotros mismos? ¿Y después,
con motivos seguramente más nobles, no habíamos visto con
adoración la puesta del sol, el mar o simplemente una flor? ¿Y cuántos
de estos sentimientos, de estos amores, de estas formas de adoración,
tenían que ver con la pura razón? ¿Quién de nosotros no había amado
algo o a alguien? ¿No constituía todo eso la materia de que estaba
hecha nuestra vida? ¿No eran adecuados estos sentimientos para
determinar el curso de nuestra existencia? Era imposible afirmar que
nosotros no tuvimos la capacidad de creer, de amar o de adorar.
Habíamos vivido, de cualquier modo, de una fe o por una fe.
¡Imagínese una vida sin fe! Si nos hubiese dado sólo la razón,
¡qué cosa sería la vida ! Pero creíamos en la vida, evidentemente que
creíamos. Ciertamente no podíamos dar una prueba de la vida, tal
como se demuestra que la línea recta es la distancia más corta entre
dos puntos, pero ahí estaba la vida. ¿Podíamos decir otra vez que
todo eso no era mas que una masa de electrones creados de la nada,
sin ningún significado y en rotación hacia un destino ignoto surgido
de la nada? Evidentemente que no. Los mismos electrones parecían
más inteligentes que esto. Así lo afirman los mismos químicos.
Entonces vimos que la razón no era todo. Tal como la utilizamos,
tampoco es enteramente confiable, aun cuando emane de los cerebros
más brillantes. Pensamos en aquéllos que habían demostrado que el
hombre jamás volaría por los aires.
Habíamos asistido, en una u otra forma de vuelo, a la liberación
del espíritu humano; habíamos visto a personas que se elevaban sobre
sus propios problemas. Esto era gracias a Dios decían ellos y
nosotros sólo nos limitábamos a sonreír. Habíamos sido los testigos
de una liberación espiritual, pero preferíamos decir que no era verdad.
Nos engañábamos recíprocamente en aquel tiempo, porque en
cada hombre, mujer y niño está profundamente arraigada la idea de
Dios. Ésta puede estar enmascarada por la desdicha, la vanidad, el
culto a otros valores; pero la idea de Dios está ahí; en cualquier forma,
siempre está ahí. La fe en un Poder Superior a nosotros mismos y las
manifestaciones milagrosas de esta fuerza en la vida de los seres
humanos son hechos tan antiguos como el hombre mismo.
Finalmente, descubrimos que la fe en Dios, sin importar de qué
tipo de dios se hable, era parte de nuestra naturaleza, como los
sentimientos que experimentamos por un amigo. A veces debimos
buscar mucho, pero Él estaba ahí. Su existencia era tan real como la
nuestra. Descubrimos la Gran Realidad dentro de nuestra alma. En
el último análisis es solamente ahí donde se le puede encontrar. Así
nos ocurrió a nosotros.
Todo lo que nosotros podemos hacer es despejar un poco el
camino para los demás. Si nuestro testimonio le ayuda a librarse de
sus prejuicios, lo hace capaz de reflexionar honestamente, lo anima
a buscar diligentemente dentro de usted, entonces, si quiere, puede
unirse a nosotros en el Gran Camino. Si usted está dispuesto hasta
este punto, no podrá fallar. Necesariamente tomará conciencia de su
propia fe.
Encontrará en este libro la historia de un hombre que se creía
ateo. Su testimonio es tan interesante que queremos anticipar algo
aquí. Su metamorfosis interior fue espectacular, emotiva y
convincente.
Nuestro amigo era hijo de un ministro protestante. Frecuentó la
escuela religiosa, donde se rebeló contra todo aquello que le parecía
excesivo en la enseñanza religiosa. En los años siguientes se sintió
perseguido por un sentimiento de desorden y frustración. Fracasos
en los negocios, locura, enfermedad fatal, suicidio, todas las desgracias
que atormentaron a su familia inmediata lo dejaron deprimido y
amargado. Las desilusiones de los años de posguerra, el agravamiento
de su alcoholismo y la amenaza de la ruina mental y física llevaron a
este hombre a la orilla del suicidio.
Una noche, en el cuarto de un hospital, le habló un alcohólico
que había vivido una experiencia espiritual. Nuestro amigo se puso a
gritar con rencor : Si hay un Dios, ciertamente que no ha hecho
nada por mí". Más tarde, a solas en su cuarto, se preguntó: ¿Podrán
todos los creyentes estar equivocados ?" Al reflexionar en esta
pregunta vivió las torturas del infierno. Después, súbitamente, como
un pensamiento fulminante, le llegó la idea que se formuló así:
¿QUIEN ERES TU PARA AFIRMAR QUE DIOS NO EXISTE?"
Este hombre nos cuenta que cayó de rodillas junto a su lecho. En
pocos segundos fue dominado por la convicción de que Dios estaba
presente. Esta certeza se acercó a él y lo penetró con la seguridad y la
solemnidad de una gran marea. Las barreras que había erigido por
años y años se desplomaron. Se encontraba en presencia del Poder y
el Amor infinitos. Del puente había pasado a la playa. Por vez primera
vivía en la consciente compañía de su Creador.
Así se puso en su lugar la piedra angular de la vida de nuestro
amigo. Después, ninguna vicisitud lo llegó a inquietar en su vida. El
problema de alcoholismo de este hombre fue eliminado. Esa misma
noche, el alcohol llegó a ser cosa del pasado. Salvo en algunas
ocasiones, la idea de beber no regresó jamás a nuestro amigo; y todavía
más, le tomó una gran aversión a ella. Aparentemente, aunque él
hubiese querido beber, no habría podido. Dios le había restituido la
razón.
¿No es una curación milagrosa? Sin embargo, los elementos de
que consta son simples. Este hombre se dispuso a tener fe, debido a
las circunstancias. Él se ofreció humildemente al Autor de sus días
fue entonces cuando lo supo.
También nosotros recuperamos la razón por la gracia de Dios.
Para este hombre, la revelación fue repentina. Para otros, el cambio
ha sido más lento. Sin embargo, Él ha venido a todos aquellos que lo
han buscado con honestidad.
Cuando nos acercamos a Él, !Él se nos reveló!
updated: September 14, 1997
NOSOTROS, LOS AGNÓSTICOS